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Calcular el escalón de potencia que aguanta un invierno alavés

9 min de lecturaActualizado el

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Fila de magnetotérmicos sobre carril DIN con el cableado de colores bajando a una canaleta

Respuesta corta

La potencia se calcula sumando lo que puede funcionar a la vez, no todo lo que hay enchufado. El REBT fija en su ITC-BT-25 dos grados de electrificación en vivienda: básica, con 5.750 W, y elevada, con 9.200 W. Las instalaciones antiguas de Vitoria suelen tener 3.450 W. Con calefacción eléctrica la cuenta se hace sobre la punta de una tarde de enero: calefacción, termo, cocina y horno. Antes de subir nada hay que comprobar qué aguantan el cable, el cuadro y la toma de tierra. Subir la potencia sin mirar eso quita el corte y deja el riesgo dentro de la pared.

¿Qué es la potencia contratada y qué no es?

La potencia contratada son vatios, no consumo. Mide cuánto puedes tener funcionando en el mismo instante, no cuánto gastas al mes. Esa segunda cosa son los kilovatios hora, y va por otro camino en la factura. Confundirlas lleva a decisiones caras. Hay casas que gastan mucha energía y no necesitan más potencia, y casas que gastan poco y se quedan sin luz cada tarde de enero porque lo juntan todo en media hora.

La factura refleja esa diferencia. Una parte es el término de potencia, un fijo que pagas por cada kilovatio contratado, tengas la casa encendida o cerrada. La otra parte es la energía que consumes de verdad. Subir la potencia encarece el fijo los doce meses, incluido agosto, cuando la calefacción está parada. Por eso no se contrata de más por si acaso, ni de menos para ahorrar en el recibo.

La forma correcta de plantearlo es al revés. Primero se mira qué necesitas en el peor momento del año. Después se comprueba si la instalación puede entregarlo con seguridad. Y solo al final se toca el contrato. Hacerlo en el otro orden es lo habitual, y es lo que produce cuadros que ya no protegen nada porque el límite real se lo estaba poniendo el contrato.

¿Qué dicen los grados de electrificación del REBT?

El reglamento vigente es el Real Decreto 842/2002, y su instrucción ITC-BT-25 es la que ordena esto. Define dos grados de electrificación en vivienda. El básico se dimensiona para 5.750 W y cubre una casa con los usos corrientes. El elevado se dimensiona para 9.200 W. Es el que corresponde a una vivienda con calefacción eléctrica, con aire acondicionado, con mucha superficie o con una previsión de cargas alta.

Lo importante es que un grado de electrificación no es un número del contrato. Es cómo está construida la instalación: cuántos circuitos independientes tiene, con qué secciones de cable y con qué protecciones. La electrificación elevada obliga a circuitos separados para las cargas gordas. La calefacción va por el suyo, el aire acondicionado por el suyo, y la secadora o la lavadora no comparten con el resto de tomas.

Frente a eso están los 3.450 W típicos de las instalaciones antiguas. Es la potencia con la que se levantó buena parte del parque de vivienda de Vitoria, cuando en el piso se cocinaba con butano o con gas natural y se calentaba con gasóleo. Con dos circuitos y esa potencia, la casa funcionaba sin problemas. Todo lo eléctrico que ha entrado después —termo, vitro, horno, acumuladores— ha ido colgándose de esos dos circuitos.

Y aquí está la trampa que produce la mayoría de los avisos. Se puede contratar más potencia que la que el grado de la instalación soporta. El comercializador no va a tu casa a mirar el cuadro. Si pides nueve kilovatios sobre una instalación pensada para tres y medio, te los dan. Lo que desaparece ese día es el único mecanismo que estaba impidiendo que el cable antiguo trabajase por encima de lo suyo.

¿Cómo se calcula la simultaneidad de verdad?

El cálculo empieza por una lista, no por una tabla. Apunta las cargas grandes fijas de la casa: la calefacción, el termo, la placa de cocina, el horno, el lavavajillas, la lavadora y la secadora si la hay. Añade la bomba de calor si existe. Las luces y los enchufes pequeños casi no cuentan en esta cuenta, y mirarlos distrae del problema.

Después se elige la hora peor del año. En Vitoria es una tarde de enero entre las siete y las nueve. Ahí coinciden la calefacción trabajando a fondo, el termo recuperando después de las duchas, la placa encendida y el horno. Si además alguien ha puesto un radiador de apoyo en la habitación del fondo, ya son cinco cargas simultáneas. La potencia que necesitas es la de ese instante, no la media del día.

Buena parte del trabajo consiste en sacar cargas de esa franja. El termo puede calentar de madrugada y aguantar hasta la noche si el depósito está bien dimensionado y el aislamiento del acumulador está en condiciones. El lavavajillas y la lavadora pueden programarse a horas en que la calefacción trabaja menos. Los acumuladores de calor cargan de madrugada por diseño, y solo estorban cuando su programación ha quedado mal puesta.

Lo que no se puede desplazar hay que contarlo entero. La bomba de calor tiene que trabajar cuando hace frío, y justo entonces es cuando pide más corriente. La cocina funciona a la hora de cenar y no a otra. Y el radiador de apoyo se enciende precisamente en la punta. Con estas tres, una casa que se calienta con electricidad se acerca al grado elevado de forma natural. Con las demás bien repartidas, a veces se queda cómoda en el básico.

¿Por qué en Vitoria la cuenta sale distinta?

Por el clima, y está medido. Los valores normales de AEMET para el aeropuerto de Foronda, serie 1991-2020, dan 12,0 °C de media anual y 5,3 °C de media en enero, con 19,8 °C en agosto. La ciudad está a 539 m de altitud y le caen 11,2 días de nieve al año. Eso significa una temporada de calefacción larga, no dos semanas de frío. La punta de invierno no es un episodio: es la normalidad de varios meses.

Hay un segundo efecto, menos obvio. Cuanto más baja la temperatura exterior, más trabaja cada equipo para dar el mismo calor. Una bomba de calor pierde rendimiento con el frío y compensa tirando más amperios. El agua de red entra más fría y el termo hace ciclos más largos. Así que la punta de enero no solo tiene más cargas encendidas: tiene las mismas cargas pidiendo más de lo que piden en octubre.

Y hay un tercer factor, que es la mitad nueva de la ciudad. Salburua, Zabalgana —que ya supera los 30.080 habitantes—, Lakua y Sansomendi son vivienda de los años dos mil. Se construyeron eléctricas desde el primer día: aerotermia, suelo radiante e inducción. Ahí el grado elevado es el punto de partida, y la pregunta no es si hace falta potencia, sino si el cuadro tiene los circuitos dedicados que la instalación pedía.

En la otra mitad de la ciudad la foto es la contraria. Zaramaga, Coronación, El Pilar, Adurtza, Ariznabarra, Judimendi, Arana, San Martín y Santa Lucía son de la oleada que levantó Vitoria entre 1960 y 1981. Ahí se parte de 3.450 W, dos circuitos y, en muchos casos, sin toma de tierra, porque es anterior al Decreto 2413/1973. Mismo clima y misma factura de calefacción, pero dos puntos de partida que no tienen nada que ver.

¿Por qué no basta con llamar y pedir más kilovatios?

Porque la potencia contratada, en una instalación antigua, estaba haciendo de freno. Mientras el contrato cortaba a los 3.450 W, el cable de la derivación individual y los dos circuitos de la casa nunca llegaban a trabajar muy por encima de lo suyo. El día que el contrato permite el doble, ese freno desaparece. Lo único que queda entre las cargas y el cable son los magnetotérmicos del cuadro, y en esos pisos suelen ser los originales.

El daño no aparece de golpe, y por eso engaña. Un conductor que pasa más corriente de la que le corresponde se calienta, y el calor envejece el aislamiento. El plástico se vuelve quebradizo, pierde propiedades y acaba dejando pasar corriente donde no debe. Lo mismo ocurre en los bornes: cada calentamiento y cada enfriamiento aflojan un poco el apriete, y un borne flojo calienta más. Es un proceso de meses que termina en un aviso por olor a quemado.

Antes de subir hay cinco cosas que se comprueban, y se comprueban mirando y midiendo. La sección del cable de la derivación individual, que es la que alimenta toda la casa. El estado del cuadro: si tiene diferencial, cuántos, y si el general corresponde a la potencia nueva. El número de circuitos y qué cuelga de cada uno. La toma de tierra, medida y no supuesta. Y el estado de los bornes del cuadro, que después de años de cortes suelen haber perdido apriete.

¿En qué orden se hace para no pagar potencia que no usas?

La subida, o la bajada, se pide a tu comercializadora, que la traslada a i-DE, la distribuidora de la red en Álava. Es un cambio de contrato y lo notas en el recibo. Lo que la comercializadora no hace es mirar tu cuadro. Por eso la decisión tiene que llegar tomada desde casa, con datos, y no a base de probar un escalón y ver si en enero vuelve a saltar.

Hay casos en que la medición dice lo contrario de lo que se esperaba. Una casa que salta cada tarde puede no necesitar más potencia, sino sacar el termo y el lavavajillas de la punta. Y una casa que tiene contratado de más, por si acaso, está pagando un fijo los doce meses por kilovatios que solo roza tres semanas al año. Bajar potencia también es una decisión, y a veces es la buena.

El orden que funciona es siempre el mismo. Primero medir y decidir la potencia sobre datos. Después revisar y reparar lo que no aguante esa potencia: bornes, protecciones, cuadro y tierra. Y al final tocar el contrato. Hacerlo así cuesta lo mismo que hacerlo mal, porque el trabajo es el mismo, solo cambia el momento. Y si mientras tanto el cuadro se pone templado o huele a quemado, eso ya no es una cuestión de contrato: llámanos ese mismo día.

En resumen

  • La potencia son vatios simultáneos, no el consumo del mes
  • La ITC-BT-25 fija 5.750 W en electrificación básica y 9.200 W en elevada
  • El grado no es el contrato: son circuitos, secciones y protecciones
  • Desplaza el termo y el lavavajillas fuera de la punta de la tarde
  • Mide la tierra y revisa cuadro y cable antes de pedir la subida a i-DE

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